Studebaker Champion 1953, con palmares que pocos pueden conseguir

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Texto: Alejandro Konstantonis / Autocosmos.com  /  Fotos: Héctor Mañón.  Ganador de las dos pasadas ediciones de la carrera Panamericana.   Gracias a nuestra “conexión mexicana” tuvimos acceso a este vehículo único, con un palmarés del que pocos pueden presumir.
Antes de hablar de este peculiar vehículo, es prudente conocer un poco de la historia de la marca estadounidense, que es una de las más antiguas, ya que sus inicios fueron haciendo carruajes, carretas y diligencias, sus primeros vehículos de tracción animal datan de 1852 y salieron de la factoría de South Blend en Indiana.

Studebaker era el apellido de su fundador, Clement y siempre se caaracterizó por grandes innovaciones, funcionales y estéticas, primero en el terreno de los vehículos tirados por caballos, por ejemplo la suspensión de ballestas encontradas y casi 100 años después con la adición de motores sobrealimentados, además de ser un gran innovador en la aerodinámica en los diseños de los automóviles de la marca de cara a la segunda mitad del siglo pasado.

 

El Clavel Negro

Ese peculiar nombre es el que bautiza al Studebaker Champion 1953 que es propiedad del Museo del Automóvil de México, el vehículo se encuentra completamente modificado para competir – y ganar- en una de las carreras más extenuántes del mundo, la Carrera Panamericana México, cuya ruta es aproximadamente de 3,000 kilómetros a lo largo del país, con tramos de tránsito y cronometrados, es decir, la construcción y preparación del vehículo debe ser orientada al alto desempeño, sin sacrificar mucho el confort de la tripulación.

La construcción del auto se llevo a cabo en la empresa CDM (Control Dinámico de Masas) en la Ciudad. de México, utilizando un chasis y carrocería de un Studebaker Champion. Lo primero en lo que se pensó fue en la seguridad, así que el vehículo se convirtió en semi tubular, con una jaula antivuelco (Roll Cage) hecha de acero 4130 (cromo molibdeno) sumamente fuerte y robusta.

En el apartado mecánico encontramos un motor de origen Ford, V8 de 6.0 litros que entrega la suculenta cifra de 630 HP en el rango de las 7,500 rpm, la fuerza de torque es de 380 lb-pie a un régimen de giro de 4,000 vueltas del poderoso propulsor, la transmisión es evidentemente manual tradicional, firmada por G Force, de engranes rectos de cinco relaciones con un embrague multidisco seco, que envía la tracción al eje trasero mediante un eje cardán de fibra de carbono, acoplado a un diferencial positraction, full floating, con un paso 3.70.

Pasemos al rubro de la suspensiones, en el eje delantero es de doble brazo A, con coil-overs de altura regulable, la trasera es de triple brazo, auto direccional. Los frenos son de disco flotante de 13 pulgadas en las cuatro ruedas, con caliper de seis pistones, el contacto con el piso es gracias a unas Pirelli Corsa Classic  P 255/50 R 16 y están montadas en unos rines Center Line Monoblock de aluminio forjado. Como colación te comentamos que el carburador es un Braswell de 600 CFM, el encendido es MSD de 40 mil volts y todos los implementos de seguridad (arneses, asientos y extintor) son OMP.

Como se pueden dar cuenta los apasionados a las carreras, es un vehículo de primer nivel, cuya velocidad terminal puede llegar a los 310 km/h, aunque por reglamento de la Carrera Panamericana debe estar gobernado a 235 km/h.

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El 122 en mis manos y con la pista por delante.

Sin duda es uno de los vehículos más exóticos, complejos y complicados que me ha tocado probar en mi vida, el simple hecho de instalarse dentro ya es una hazaña, ya que el entramado de tubos de la jaula, más lo reducido de los asientos hace que el acomodarse sea una tarea compleja, adentro, evidentemente con el casco, guantes y nomex puesto, hay que darle vida a la bestia, cosa que tampoco es simple ya que hay que seguir una secuencia en completo orden de interruptores de encendido, empezando por el “Master” principal, la emoción empieza cuando activo la bomba de gasolina, un sonido agudo y fuerte inunda el habitáculo, y es perfectamente audible –aun con el casco puesto-, ya con la alimentación de gasolina, que huelga comentar es de uso comercial, solo con un aditivo para incrementar el octanaje, presiono el botón de arranque y le otorgo vida al V8, descomunal y ruidoso.

El motor falla mucho a bajas revoluciones, y hay que cuidar de no acelerarlo de más mientras está frío, una vez que la temperatura alcanza los niveles de operación, me dispongo a salir a la pista, piso el embrague, firme, pero sin ser duro, acoplo la primera velocidad y escucho un fuerte ¡crack! Como si algo se hubiera roto… es normal, las “cajas” de engranes rectos son así de súbitas, agresivas y golpean al engranar.

Me dispongo a salir y mi entusiasmo hace que saque demasiado pronto el embrague y el “Clavel Negro” da un reparo y el motor se detiene, haciéndome sentir como un principiante.

Por fin logre salir a la pista –al cuarto intento-, poco a poco el Studebaker y yo nos conocíamos y tratábamos de ser amigos en el trazado del Centro Dinámico Pegaso. El auto marcado con el 122 no cooperó en un inicio, las reacciones eran similares a las de un potro salvaje, se jaloneaba, las velocidades no entraban, y el motor fallaba negándose a demostrarme de lo que era capaz de hacer para obtener el triunfo en la Carrera Panamericana 2012 y 2013, además del Chihuahua Express en el 2009.

A los pocos minutos el “Stud” y yo nos empezamos a llevar mejor, el motor ya no fallaba tanto y las velocidades entraban con mayor facilidad, no es un coche fácil de llevar, tiene demasiada potencia, la dirección es sumamente corta y directa y el bólido apunta justo a donde el piloto lo dirige, así poco a poco me di cuenta de lo que la bestia es capaz de hacer, al grado que una vez que ambos nos entendimos, empezamos a divertirnos juntos.

En rangos altos de giro del motor, el sonido es ensordecedor, pero adictivo, un bramido agudo, que recuerda la configuración de escape de los Fórmula Uno de los años setenta.

Es prudente comentar que la estética del “Clavel Negro” no es su principal cara, es una maquina agresiva desde cualquier punto en el que se mire, todo lo que está presente tiene una función, y no hay cabida para la estética, simplemente tiene lo que debe tener, lo demás está de más.

El Sudebaker Champion 1953 me demostró por que fue capaz de vencer en esa carrera extenuante, la empresa Control Dinámico de Masas me enseño que lo que se quiere hacer bien en México, se logra sin timidez, ya que han sido capaces de fabricar autos que hoy compiten a nivel mundial en diversos seriales.